Ángel sin alas y demonio sin cuernos, el rostro gustoso de un artista sinigual
Fue un hacedor indispensable para la cultura rock en Argentina. Un sujeto que rompió el estereotipo, navegó entre su público, renegó de los sistemas y mantuvo férrea su lírica, no siempre comprendida. Un corazón que retumba con más fuerza tras su muerte.
La fecha y el lugar que Carlos “El Indio” Solari reclamaba saber en “Encuentro con un ángel amateur” llegaron en una mañana gris en San Luis. Fue el viernes 5 de junio al costado de una pileta en su casa de Parque Leloir, en Buenos Aires, por un ACV. Las hazañas que prometió y que advirtió que no cumpliría se tropezaron con algo que lo hizo caer para siempre.
La muerte del cantante y fundador de “Patricio Rey y sus redonditos de ricota” es un golpe esperado pero no por eso menos duro a la mandíbula debilitada de un sector de la sociedad que todavía cree que el arte es el vehículo para cambiar algunas cosas. A lo largo de su vida Solari representó a todo un segmento de jóvenes primero; adultos después; jóvenes de la nueva generación que se hicieron adultos también; viejos que recordaron y mintieron un poco sobre sus juergas de juventud y, finalmente, una tercera generación de espíritus salvajes abiertos a las experiencias no convencionales, como solía llamarlas.
De monas culeadoras a Zumbas que se colgaron de un último bondi a ningún lado. De chicas con las remeras de Greenpeace a vitricidas sin cura. De solitarias vacas cubanas a banquetes que huelen eternamente mal. De hijas del fletero a presos asfixiados. Abarcar el mundo estilístico de Solari es un imposible, una despedida –como la que tendrá este fin de semana- con olores dulces.
El concepto artístico de “El Indio” se posó en el rock como elemento de contracultura pero abarcó otras ramas como la literatura de Charles Bukowski, la experimentación de William Burroghs, las enseñanzas de Carlos Castaneda y la vida de Timothy Leary.
En ese minestrón se cocinaron las canciones que marcaron la vida de argentinos que desde el viernes hablan del legado, de la herencia, de la poesía y de la muerte del compositor y letrista que usó durante toda su carrera un lenguaje enrevesado, que había que digerir con una formación no siempre popular.
Posiblemente aquel “me voy corriendo a ver qué ha escrito en la pared la banda de mi calle” sea la representación barroca de la masiva búsqueda que miles de cibernautas hicieron el viernes a la mañana en los perfiles de Instagram de personalidades que se pudieron haber manifestado en relación al fallecimiento.
A lo largo de su carrera musical, “El Indio” no cambió nunca su lírica ni su manera de escribir; pero su público practicó una transformación que no solo fue evidente en la masividad, sino también en el acercamiento de sectores más populares –cuando no directamente marginales- hacia un artista que tenía un poesía más bien elitista para compartirles.
En los inicios de “Patricio Rey...”, fueron los sectores intelectuales, con cierta formación académica y presencia universitaria, los que observaron aquellos primeros conciertos de la banda que compartió con Skay Beillison. “El Indio” gozaba de esa relación y comenzó de esa manera una vida más cercano al lujo vulgar que a los nidos atronadores.
Con el asesinato de Walter Bulacio, un joven que había ido a un recital de Los redondos en el estadio de Obras Sanitarias en 1991 y fue detenido por la Policía, Solari tuvo, muy a su pesar, la primera gran exposición pública por fuera de su control. Y fue a partir de ese momento donde la banda cambió sus oyentes de copetín –a los que mantendría más en sus discos que en sus shows en vivo- por adolescentes desangelados alimentados a sopas de lágrimas.
La regresión social, la decadencia de las estructuras de contención, la proliferación de una marginalidad ya no tan oculta, el desempleo y muchas de las consecuencias políticas de los 90 alimentaron no solo la popularidad de la banda sino también el endiosamiento de un rey sin pelo ni corona, esquivo, del que apenas se sabía su nombre y su profesión.
Solo una parte del misterio que rodeó a su personaje se develó en la histórica conferencia de prensa que “Los redondos” brindaron el 16 de agosto de 1997 para explicar las razones de la suspensión de un recital en Olavarría por orden del intendente de la localidad bonaerense. En rigor, la presentación ante las cámaras fue un extenso monólogo de “El Indio”, consciente del peso histórico del hecho que protagonizaba en ese momento, en el que dio a conoce su verba aflorada, su voz grave –en contraposición de algunos agudos con los que cantaba- y, sobre todo, su postura de filosofar ante cualquier circunstancia, por mínima que fuera.
Fue allí que la figura pública del cantante dejó de ser una voz que tronaba por lo que cuesta armar un full para empezar a convertirse en un referente renegado de al menos tres generaciones que el viernes vieron cómo un hombre que había hecho poco más que canciones les mostró nuevamente que todo es efímero y que a veces el tic no alcanza a tac.
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