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Dos mujeres que no necesitaron el permiso del poder

La ironía de la paz mundial de Navi Pillay y la belleza de la palabra de Anne Carson marcaron los premios humanistas de la Academia. La dignidad y la ley como trincheras. Por Fernando de Vargas.

Por redacción
| Hace 11 horas

El Comité Nobel de Oslo volvió a hacer de las suyas. En un mundo descosido por los costados y convulsionado por despliegues de fuerza bruta, la jurista sudafricana Navanethem “Navi” Pillay acaba de adjudicarse el Premio Nobel de la Paz 2026. A sus 85 años, la ex Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU no solo encarna una biografía monumental dedicada a desmontar abusos; también carga con la particular distinción de incomodar simultáneamente a casi todos los poderes consolidados del planeta.

 

 

El anuncio no tardó en provocar urticaria en las oficinas internacionales. Desde Jerusalén, el Gobierno de Israel expresó de inmediato su abierto malestar. La razón no requiere demasiadas vueltas de traducción: Pillay presidió la Comisión Internacional sobre los Territorios Palestinos Ocupados que concluyó, con la precisión técnica que la caracteriza, que la gestión de Benjamín Netanyahu incurría en delitos de genocidio contra la población palestina en Gaza. Para el establishment político tradicional, la verdad jurídica siempre suele ser un plato de muy difícil digestión.

 

 

Pero si de egos golpeados se trata, el aire en las latitudes norteamericanas se sintió levemente enrarecido. Donald Trump, fiel a su inamovible convicción de que cualquier galardón planetario le pertenece por naturaleza intrínseca o, al menos, debería tener su nombre grabado en la placa, venía sugiriendo desde hace tiempo que nadie merecía más la medalla nórdica que él.

 

 

Pillay, lejos de la solemnidad rígida del protocolo, reaccionó con la agudeza que la acompaña desde sus años en el tribunal: durante su discurso, al escuchar la ovación del auditorio, deslizó con sorna que si la aplaudían un poco más, quizás consideraría compartir el galardón con el mandatario estadounidense. Una elegancia irónica propia de quien ha dedicado su vida a cosas bastante más complejas que la vanidad de los despachos presidenciales.

 

 

Esa audacia no es improvisada; se forjó en el barro de la historia. Vale la pena recordar sus inicios: “En 1967, con apenas 26 años, fundó su propio estudio y se convirtió en la primera mujer no blanca en hacerlo en la provincia de Natal. La razón, según ella misma relató, era simple: ‘Ningún bufete me contrataría porque decían que no podían tener empleados blancos recibiendo instrucciones de una persona de color’”. Quien aprendió a litigar contra el apartheid sudafricano difícilmente se acobarde ante las pataletas del poder contemporáneo.

 

 

El eco con la literatura

 

Resulta un ejercicio sugerente trazar un paralelismo entre este Nobel de la Paz y la distinción de Literatura otorgada apenas horas antes a la canadiense Anne Carson. Dos mujeres maduras, formadas al margen de la complacencia mediática, que hicieron del rigor y de las estructuras rígidas —el derecho internacional en un caso, la filología clásica y la poesía en el otro— un arte de resistencia contra la barbarie.

 

 

Carson suele decir que busca en los clásicos la tensión entre el deseo y el dolor; Pillay, por su parte, ha diseccionado durante décadas las heridas reales de la historia para exigir responsabilidades a los victimarios. En ambas flota una misma lección: las grandes transformaciones culturales y éticas rara vez nacen en las mesas de negociación de las potencias dominantes, sino en los márgenes de quienes se atreven a mirar lo que los demás prefieren ignorar.

 

 

Hoy, la paz tiene nombre de jueza sudafricana. Y aunque en la Casa Blanca o en la Knesset (parlamento unicameral del Estado de Israel) algunos mastiquen rabia. En el resto del mapa queda la certeza de que el derecho —cuando no se vende— todavía conserva cierto filo.

 

 

El cruce 

Existe un hilo invisible pero tenaz que une la elección de Navi Pillay con el galardón de Literatura otorgado apenas 24 horas antes a la canadiense Anne Carson. A primera vista, la filología clásica y el derecho penal internacional parecen habitar universos distantes. Sin embargo, ambas figuras comparten una misma ética de la resistencia frente al ruido del poder.

 

 

Carson, filósofa de la fragmentación y del dolor, ha pasado décadas traduciendo a los clásicos griegos para demostrar cómo el deseo, la tragedia y la injusticia humana se repiten en bucle. Cuando la llamaron para anunciarle el premio, la escritora se encontraba en un rincón apartado de Islandia, simplemente "escuchando el viento". Pillay, desde la trinchera del tribunal, ha traducido la barbarie contemporánea a la prosa fría y vinculante del derecho.

 

 

Ambas representan a esa estirpe de mujeres maduras que no buscan la aprobación de la época ni se alinean con la retórica de los discursos oficiales. Mientras los líderes mundiales reclaman estatuas y menciones de honor, Carson y Pillay demuestran que las transformaciones perdurables nacen de la paciencia, del estudio sin concesiones y de la negativa a aceptar que el mundo deba ser administrado únicamente por la fuerza bruta.

 

 

La paz de Pillay, al igual que la poesía de Carson, es una anomalía incómoda en un escenario dominado por la vanidad geopolítica. Y quizás por eso mismo, hoy resulta tan indispensable.

 

 

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