Laika va a la Luna: La agonía de una perra que se ocultó por décadas
En el debut de la columna se desentierra la verdadera historia del Sputnik II. Del asfalto de Moscú al vacío orbital: la agonía oculta de la perra que el mundo conoció como heroína, pero que fue la primera víctima de la ambición espacial. Por Facundo Valle.
El 3 de noviembre de 1957, en plena Guerra Fría, la URSS lanzó al espacio su segundo satélite artificial -el Sputnik II- con el objetivo de probar la seguridad de estos viajes al espacio exterior para los humanos. A bordo llevaba transmisores de radio, instrumentos de observación, telemetría, y el primer ser vivo en orbitar la tierra: una perra de dos años llamada Laika.
Laika (o Rulitos, como la nombraron en un principio) fue recogida mientras deambulaba por las calles de Moscú, solo una semana antes de que la misión estuviese lista. No tenía casa ni una familia que responda por ella. Durante veinte días fue sometida (junto a otros ejemplares) a múltiples pruebas de gravedad, adaptación a espacios sumamente reducidos, centrifugadoras que simulaban la aceleración del lanzamiento y estrés causado por ruidos y vibraciones. Solo tres lograron pasar las pruebas: Mushka, Albina y la propia Laika.
Se dice que fue seleccionada por su tamaño pequeño y su temperamento dócil. Le implantaron bajo la piel sensores que medían su respiración, su pulso y su presión arterial, y la colocaron en la cápsula del satélite el 31 de octubre, tres días antes del inicio de la misión.
La nave partió desde el cosmódromo de Baikonur, Kazajistán -la más antigua y mayor base espacial del mundo-. Laika viajó a 28,800 km/h, una velocidad que le permitía completar una órbita alrededor de la Tierra cada 98 minutos. Ajena a su situación, atrapada en una cápsula hermética donde apenas podía mantenerse de pie o sentarse. Su corazón se aceleró hasta los 260 pulsaciones por minuto -el doble de lo normal en un perro de su tamaño-, sola, a oscuras y aterrada.
Pero el verdadero infierno comenzó al cabo de dos o tres horas de viaje: la última sección de la nave no se había desprendido tras el despegue y transmitió todo su calor al habitáculo donde estaba Laika. A eso se sumó el ascenso de la temperatura por la radiación solar y el fallo del sistema de aislamiento térmico construido a las apuradas.
El cohete despegó a las 7:30 de la mañana. Se cree que entre 5 y 7 horas después del despegue, Laika ya estaba muerta.
Durante décadas la historia oficial informó que Laika murió sin dolor por falta de oxígeno. Pero en octubre de 2002, el científico Dimitri Malashenkov, quien participó en el lanzamiento del Sputnik II, reveló que la perra había muerto debido al estrés, la deshidratación y el sobrecalentamiento. Presa del pánico hasta su último latido, luego de una horrible agonía. Su cuerpo inerte orbitó la Tierra 2570 veces en un ataúd de plata durante 163 días, hasta el 14 de abril de 1958, fecha en que la cápsula se desintegró al reingresar a la atmósfera terrestre.
Días antes del lanzamiento, el científico Vladimir Yazdovsky, encargado de dirigir el programa de entrenamiento espacial para perros, había llevado a Laika a su casa para que jugase con sus hijos. "Quería hacer algo bueno por ella, le quedaba tan poco tiempo de vida" declaró Yazdovsky años después en una entrevista. "Ella era tranquila y encantadora".
Así, Laika, una perrita de apenas 6 kilos, se convirtió en la cara más cruda de nuestra relación con los animales: la capacidad de acariciar a quien estamos por sacrificar en nombre del "progreso". Víctima de un programa espacial que no buscaba conquistar el espacio sino probar, con carne ajena, si un humano podía sobrevivir al vacío.
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