33°SAN LUIS - Domingo 29 de Marzo de 2026

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El cielo está encantador

Rock de guitarra, odas con nombre, pogos eternos y mística redonda conformaron el recital puntano de la leyenda del rock nacional que no duerme por las noches.

Por redacción
| Hace 9 horas

La canción con la que Eduardo “Skay” Beilinson eligió abrir su recital en San Luis no pudo ser casual. “Paria”, un rock de guitarras duras que está en “Talismán”, su segundo disco solista, menciona y describe a un hombre sin ley, ni patria, ni lugar, ni Dios. Una suerte de “No soy de aquí” con la electricidad de un músico que vivió al calor larvoso del rock y que termina por descubrir que es su propia patria, su propia ley y su propio Dios.

 

 

Hoy “Skay” tiene 74 años, se encuentra en excelente forma física, y puede cantar que descubrió esa libertad (o en todo caso la buscó) mucho antes, cuando fundó “Los redonditos de ricota” y otorgó una alternativa musical a un público no siempre adentro de los límites de lo aceptado. En el recital del sábado en “Comuna” volvió a sacudir a la muchedumbre con eso tan simple que es la música.

 

 

En casi dos horas de show, Beilinson repasó buena parte de su carrera solista con temas de casi todos los discos que componen su discografía. En un recital atronador, fue de la liturgia de “La nube, el globo y el río” a la velocidad de “Tal vez mañana”; de la negación de “Soldaditos de plomo” a la posibilidad escapatoria de “Aves migratorias”.

 

 

El gran atractivo de la noche, sin embargo, fueron “Los fakires”, la excepcional banda que lo acompaña y que llegó a San Luis como cuarteto –incluido el guitarrista- pero con la sensación de que hay muchos más músicos sobre el escenario. La tracción a sangre y barba de Leandro Sánchez, el bajo familiar de Claudio Quarterno –hijo de “La Negra Poly” y miembro de la injustamente olvidada “La saga del Sayweke- y, fundamentalmente, la estupenda guitarra de Joaquín Rosson acompañaron al tren sin freno.

 

 

El conjunto mostró canciones muy trabajadas, con partes de temas de "Los redondos" metidos en las canciones solistas de Beilinson o mezclas de riffs y puentes, como un rompecabezas armado con la sapiencia, la paciencia y las vivencias del guitarrista. El momento de mayor notoriedad de esa práctica fue “El síndrome del trapecista”, un tema del primer disco (“que hace mucho que no hacemos”, lo presentó el líder) y que tuvo partes cortadas a propósito y un novedoso arreglo.

 

 

Para no defraudar a un público evidentemente ricotero que puso algo de mística redonda con banderas y previas en las afueras de Comuna, el músico preparó dos lotes de clásicos. En el primer segmento se escuchó “Todo un palo” y “”Criminal mambo” y en el segunda pegó “El pibe de los astilleros” –en el que la linda damita de la letra no fue de Concordia sino de San Luis- y “Nuestro amo juega al esclavo”.

 

 

Pero el momento de mayor alquimia fue, por supuesto, “Jijiji”, tocado en la segunda mitad del recital, pero no precisamente cerca del final y con el músico en cesión del canto a un público encendido, que fue parte de una misa que sea quien sea el sacerdote convocante, tomó la comunión en el inicio del Domingo de ramos.

 

 

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