Para Milei la mentira es la verdad y las personas objeto de reposición
En el Hotel Alvear habló frente a empresarios y funcionarios y durante casi una hora volvió a presentar una Argentina que solamente existe en sus discursos. Por Alejandro Olmos Gaona
Una vez más las palabras de Javier Milei este jueves en el Hotel Alvear no fueron una exposición sobre la realidad argentina., basadas en datos reales, sino que fue una vez más, un ejercicio de ficción económica, acompañado por insultos, descalificaciones y una concepción miserable del ser humano en la que las personas importan únicamente en la medida en que puedan producir, consumir, pagar impuestos o reproducirse para sostener el sistema.
Este sujeto que funge como presidente de la Nación habló frente a empresarios y funcionarios y durante casi una hora volvió a presentar una Argentina que solamente existe en sus discursos: una economía con consumo disparado, salarios que no habrían perdido poder adquisitivo, desempleo que supuestamente no aumentó, empresas que no cerrarían y un crecimiento extraordinario que, según su relato, no se habría visto en décadas.
Sus falsedades son antológicas, sino escondieran el terrible drama que están viviendo muchos argentinos, y desde ya que las ficciones de Milei no resultan sostenibles.
Un consumo disparado que no aparece en ningún lado
Con el precario palabrerío que lo caracteriza sostuvo que el consumo privado está en máximos históricos utilizando esa afirmación como una de las pruebas del supuesto éxito de su modelo, aunque si se abandona el Hotel Alvear y miramos lo que ocurre en los comercios y en la calle, podemos ver que la realidad que se observa nada tiene que ver con sus ficciones.
Si vamos a tomar algunos ejemplos: Las ventas minoristas pyme cayeron 3,8% interanual en julio y acumularon una caída de 2,7% en los primeros siete meses del año.
La propia explicación de los comerciantes fue contundente: agotamiento de la liquidez extraordinaria del aguinaldo, aumento de las tarifas y mayor cautela de los consumidores.
También en el INDEC no parecen coincidir con el presidente. En mayo, las ventas de supermercados a precios constantes cayeron 0,7% interanual, mientras que en los autoservicios mayoristas la caída fue del 2,3%. En los primeros cinco meses del año, los supermercados acumulaban una baja del 2,8% y los mayoristas del 3%.
¿De qué consumo disparado habla Milei? Probablemente del mismo país imaginario en el que un trabajador llega holgadamente a fin de mes, una familia puede pagar las tarifas sin sacrificar alimentos y una pyme vende cada día más.
Claro que la Argentina real es bastante menos amable: cuando el salario pierde capacidad de compra, el consumo no se dispara; cuando las familias se endeudan para pagar gastos corrientes, tampoco.
La inflación 2.1% que se convirtió en 0.8
La manipulación está puesta en evidencia en este aspecto, ya que Milei había prometido que en agosto de 2026 la inflación minorista empezaría con cero.
No es una interpretación de sus críticos, sino que lo dijo en marzo, en el Foro Económico del NOA, afirmando que esperaba que "la inflación minorista" arrancara con cero en agosto. Ahora bien: el IPC de julio, el indicador que mide la inflación que efectivamente enfrentan los consumidores, fue 2,1% mensual, acumuló 19,3% en los primeros siete meses del año y llegó al 33,8% interanual.
Pero parece que Milei no lo sabe y descubrió otro cero, sujetándose al índice de precios mayoristas de julio que fue 0,8%, que no es el índice de precios al consumidor cuya desaparición de la inflación había prometido.
La maniobra es elemental: cuando el dato que prometió no aparece, se toma otro indicador, se cambia el sujeto de la frase y se presenta como cumplida una promesa que no se cumplió. Es como si alguien prometiera que el termómetro de una persona marcaría cero y, cuando marca 2,1 grados, apareciera festejando que la temperatura del quirófano fue 0,8. Esto no es propio de un jefe de Estado serio, sino pura propagando poco sostenible.
El crecimiento histórico que se olvida de la historia
En el discurso al que me refiero volvió a presentar el crecimiento de estos años como algo extraordinario, hablando de una expansión de más de diez puntos y de una ruptura con décadas de estancamiento.
Los datos verificables muestran otra realidad. El PIB argentino creció 9% en 2005, 8,9% en 2006 y 8,1% en 2007, según las series históricas del propio INDEC, y hay algo todavía más elemental: el crecimiento que Milei exhibe hoy viene después de una caída. En 2024 el PIB cayó 1,3% y en 2025 rebotó 4,4%.
Es decir, una parte importante de lo que el Gobierno presenta como una extraordinaria expansión es, sencillamente, recuperación después de la recesión provocada durante su propio primer año de gestión.
En el primer trimestre de 2026, además, el crecimiento interanual fue de 2,3%, bastante lejos de la epopeya económica que Milei relata desde los escenarios. Pero aquí conviene aclarar un equívoco, ya que el crecimiento del PBI no significa que los argentinos estemos mejor, porque hay sectores minoritarios que si fueron beneficiados por ese crecimiento.
Una economía puede crecer mientras cae el salario real, se destruye empleo, desaparecen empresas y aumenta el endeudamiento de las familias. Con el PBI no se come, no se paga el alquiler, no se compran medicamentos, no se mandan los chicos a la escuela. Son las personas las que lo hacen, y las que desaparecen en los papeles que lee Milei.
La natalidad y la responsabilidad de los “pañuelitos verdes”
Uno de los momentos más disparatados y reveladores de su discurso fue cuando decidió explicar la caída de la natalidad argentina culpando a la legalización del aborto.
Milei afirmó que estamos pagando muy caro la "locura de los pañuelitos verdes" y sostuvo que Argentina ya no alcanza una tasa de crecimiento poblacional que permita la "reposición", vinculando la caída de los nacimientos con el crecimiento económico y el sistema previsional.
Esto no se trata de un simple error sino algo mucho mas profundo ya que los hijos solo parecen ser unidades de reposición, no personas, no seres humanos deseados por sus padres, no proyectos de vida. Para el desquiciado Milei los hijos equivalen a un stock de mercaderías que deben ser objeto de reposición para que los negocios sigan funcionando
La caída de la fecundidad no comenzó con la ley de interrupción voluntaria del embarazo.
Un informe oficial argentino señala que la natalidad viene descendiendo desde 2012, con una aceleración desde 2018, y relaciona el fenómeno con cambios culturales, educación, oportunidades profesionales, condiciones económicas, acceso a la vivienda y mayor disponibilidad de métodos anticonceptivos.
Además, la fecundidad mundial pasó de 3,31 hijos por mujer en 1990 a 2,25 en 2024, mientras más de la mitad de los países y regiones del mundo ya se encuentran por debajo de la tasa de reemplazo. En América Latina pasó de 5,85 en 1962 a 1,8 en 2024. Un fenómeno demográfico mundial, fue sustituido por Milei que encontró un culpable argentino: las mujeres que reclamaron el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos. Esto es pura ideología disfrazada de estadística.
El cierre de Fábricas
Cuando habló del cierre de FATE como ejemplo, se refirió a una reasignación del trabajo, mostrando su brutal concepción de lo que son las personas En febrero cerró FATE, una fábrica con más de ochenta años de historia, dejando 920 trabajadores sin empleo.
En marzo, al defender la apertura económica, explicó que si FATE quebraba habría trabajadores perjudicados pero que eso debía ser entendido dentro de una lógica en la que algunos pierden para que otros se beneficien. Incluso llegó a decir que la apertura podía significar que una empresa fuera a la quiebra y que eso implicaría una "reasignación de trabajo".920 trabajadores no son 920 personas. Son un factor de producción que puede ser reasignado, olvidando que cada trabajador hay una familia, hijos, alquiler, hipoteca, alimentos, angustia, proyectos truncados y años de vida dedicados a una fábrica.
Todo esto en la planilla libertaria son simplemente recursos que deben desplazarse de un sector a otro, por eso cuando Milei dice "que quiebre el que tenga que quebrar", lo que desaparece de la frase es precisamente lo que debería importarle a cualquier gobernante: qué ocurre con las personas cuando una empresa quiebra.
Eso explica también la alegría con la que el Presidente se permite anunciar sus resultados, cantar, hablar de "fiestas" y celebrar indicadores mientras detrás de esos números hay trabajadores que pierden su empleo, jubilados que no pueden comprar medicamentos y familias que reducen su consumo porque sencillamente no les alcanza.
Como los datos no alcanzan vienen los insultos
Cuando los datos no le van a dar la razón, y como es incapaz de revisar sus teorías, utilizó su deporte favorito insultar al que pone de relieve esos datos, y ayer volvió a atacar a quienes cuestionan sus estadísticas, utilizando una vez más, ese lenguaje cloacal que ya se convirtió en una marca registrada de su comunicación política.
No es algo nuevo: desde antes de llegar a la Presidencia utilizaba expresiones como "soretes", "delincuentes", "basuras", "ensobrados" y otros calificativos contra quienes lo contradicen, una forma acabada y rudimentaria de ejercer el poder. De esa manera sino podés refutar insultas al que lo publica, Si el consumo cae, mentís que está en lo máximo si tenés un índice de inflación del 2.1%, buscas el índice mayorista del 0.8 %.
Si prometiste inflación minorista comenzando con cero y no ocurrió, cambia la definición de la promesa. Si el PIB rebota después de una caída, preséntalo como una expansión histórica. Si las empresas cierran, explicá que se trata de una reasignación eficiente. Si los trabajadores quedan en la calle, convertí personas en "costos". Si cae la natalidad en todo el planeta, culpá al aborto legal. si alguien se atreve a señalar la contradicción, llámalo "sorete", "ignorante", "econochanta" o cualquier otra cosa que permita evitar la discusión.
El problema no son solo las mentiras de Milei
Existe algo todavía más grave, ya que los gobernantes pueden equivocarse. Pueden hacer malos pronósticos, equivocarse con las tasas de crecimiento, con la inflación o con cualquier otra variable económica, lo que sí es verdaderamente peligroso es negar la realidad cuando la realidad contradice el relato oficial, porque entonces ya no estamos frente a un problema de política económica sino frente a un problema político y moral.
Un Presidente no tiene derecho a fabricar una realidad paralela y exigir que los ciudadanos vivan dentro de ella, no puede decir que el consumo está disparado cuando millones de personas restringen sus compras, no puede anunciar inflación cero cuando el IPC sigue aumentando más de 2% mensual, no puede convertir el cierre de una fábrica en una simple "reasignación" olvidándose de los trabajadores, no puede explicar la caída de los nacimientos como consecuencia de una ley cuando el fenómeno es mundial y viene de mucho antes, y pretender que el crecimiento del PBI sea sinónimo de bienestar social.
Nuestra Nación no es una planilla Excel, son sus trabajadores sus habitantes, sus niños, sus jubilados, sus estudiantes, sus comerciantes, sus científicos y todos aquellos que día a día pierden sus empleos, todos los que se rompen el alma tratando de sobrevivir en condiciones cada vez más dificultosas, mientras los que integran el gobierno fabrican una realidad paralela, que solo existe en los papeles de los discursos.
Los empresarios que justifican a Milei
El problema del presidente no es que tenga una visión ideológica de la economía, ya que en general todos los gobiernos la tienen, lo complicado es que pretenda convertir esa concepción en una suerte de religión y, cuando la realidad no coincide con el dogma, se pretende modificar la realidad mediante el lenguaje. Lamentablemente los números tienen una desagradable costumbre para cualquier gobierno que quiera manipularlos: terminan apareciendo, y refutando las falsedades propagandísticas de Milei. Y algo que debemos tener en claro es que la Argentina real no vive en el Hotel Alvear. Está afuera del emblemático hotel, donde solo se hospedan los ricos. Está fuera de ese lugar: en los supermercados, los comercios, las fábricas, las universidades, en los hogares cada vez mas carenciados, en los hospitales sin insumos
Fuera de ese lugar donde sientan los sectores del privilegio donde no hay micrófonos amigos ni empresarios aplaudiendo, los argentinos tienen la pésima costumbre de sentir en sus bolsillos aquello que Milei niega desde un escenario, y pone en evidencia que no estamos solamente ante un gobierno que pretende convencernos de que estamos mejor, sino que necesita que creamos que lo estamos para no tener que explicar por qué, cuando uno mira los datos y abandona el relato, la realidad cuenta otra historia. Esa es la mayor mentira de todas: hacernos creer que cuestionar sus números es atacar al país, cuando en realidad lo que estamos haciendo es defender el derecho elemental de los argentinos a saber cómo están viviendo.
Mientras los costos sociales sean soportados por otros, mientras el Estado reduzca salarios, jubilaciones, impuestos o regulaciones que afectan determinados negocios, y mientras se abran oportunidades para grandes inversiones, pareciera que poco importa lo que suceda con el resto de la sociedad a quienes hoy se presentan como los grandes defensores de la libertad económica.
Un Presidente puede mentir, exagerar, insultar y construir una realidad imaginaria. Pero cuando quienes tienen poder económico escuchan todo eso y, en lugar de exigirle que explique dónde están los trabajadores, las empresas y los consumidores que quedaron en el camino, responden que "vale la pena" pagar ese precio, dejan de ser simples espectadores y se convierten en cómplices de una política que transforma el sufrimiento de millones en una variable más de la ecuación económica.
Porque hay algo que no puede esconderse detrás de ninguna estadística ni de ninguna palabra grandilocuente: cuando el beneficio de unos pocos depende de que otros pierdan su trabajo, su salario, su consumo, sus derechos o sus posibilidades de vivir dignamente, no estamos frente a una transformación inevitable de la economía. Estamos frente a una decisión política, y quienes la apoyan, quienes la justifican y quienes dicen que "vale la pena" que otros paguen el precio, también deben hacerse cargo de sus consecuencias, y responsable cuando el ajuste destruye. No debe olvidarse que detrás de cada empresa que cierra hay trabajadores; detrás de cada trabajador despedido hay una familia; detrás de cada jubilado que deja de comprar medicamentos hay una vida; detrás de cada chico que no recibe atención hay un futuro comprometido. Es lo que parece no existir en el universo de Milei y de quienes lo acompañan: seres humanos.
Existen costos, variables, stocks, mercados, tasas, déficit, superávit y "reposición" poblacional. Pero las personas desaparecen del lenguaje y cuando las personas desaparecen del lenguaje, resulta mucho más fácil justificar que desaparezcan también de las prioridades. Por eso la escena del Hotel Alvear debería ser recordada. No solamente por las mentiras de Milei, ni por sus insultos, ni por su grotesco intento de convertir cualquier dato adverso en una victoria, debe ser recordada por algo mucho más profundo: allí quedó expuesto un poder económico dispuesto a aceptar que millones de argentinos paguen el precio de una transformación que otros esperan capitalizar.
Eso ya no es solamente indiferencia sino una elección, la que algunos ganen, aunque para que eso ocurra otros tengan que perder.
Cuando una sociedad llega al punto en que el sufrimiento de los demás puede ser justificado con un "vale la pena", lo que está en discusión ya no es un modelo económico. sino qué clase de sociedad queremos ser.
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