Pasaron los días del Maestro, del Profesor y del Ordenanza: la cruda realidad educativa
El Gobierno se sumergió en su cinismo, sonrió para la foto pero sigue asfixiando a los trabajadores. Sin logros reales, la comunidad educativa resiste un presente deplorable.
Pasó el Día del Maestro, pasó el Día del Profesor, pasó el Día del Ordenanza, y el Gobierno se sumergió en su cinismo más absoluto. Para la foto, el afiche y el flyer institucional sobraron la alegría forzada y las palmaditas en la espalda. En los hechos cotidianos, la realidad es otra: personal asfixiado con sueldos de pobreza, exigencias desmedidas y persecuciones impiadosas en los ámbitos educativos.
Este mes, a instancias del 11 de septiembre, el gobernador Claudio Poggi focalizó sus andanzas en San Francisco del Monte de Oro. Allí protagonizó diversas puestas en escena para “agasajar” a los educadores, incluido un almuerzo con profesionales, todo bajo el paraguas del autoproclamado “Año de la Educación” en homenaje al bicentenario de la primera escuela de Domingo Faustino Sarmiento.
Pero la distancia entre el eslogan y la gestión es abismal. Lejos de la visión de próceres como Sarmiento —que proyectó la educación más allá de su propia finitud pensando en las generaciones futuras—, a la actual administración no se le cae una sola idea genuina. La agenda proselitista buscó la aprobación social con un ego desmedido, olvidando honrar a la docencia para poner el foco exclusivamente en la figura gubernamental. Un grosero error en un contexto social tan delicado.
Alcanza con hacer un balance del tan mentado año temático y de toda la gestión para desnudar el vaciamiento: un curso de inteligencia artificial tercerizado a una universidad de afuera que se lleva millones mientras las instituciones provinciales quedan relegadas, algunas capacitaciones menores, alguna que otra escuela pintada, la mención del Día del Maestro Rural y poco más. La educación está en picada y cada vez más complejizada por burócratas de escritorio que ignoran por completo la realidad áulica.
Lo único innegable y tangible como saldo de esta gestión son los salarios absolutamente licuados, docentes explotados, profesionales perseguidos y un presente laboral deplorable. La burla es tal que la única "medida" cercana a una política pública fue la copia de la copia de la fallida bicicleta financiera del Plan TuBi, que hoy terminan rematándose por dos pesos en grupos de compraventa.
Frente a este panorama, los gremios vienen haciendo fuertes cuestionamientos desde el arranque de gestión, pero la soberbia y la apatía oficial jamás dieron pie al diálogo ni a una escucha activa.
Un ministerio que hace agua por todos lados
A los reclamos docentes y a las estructuras agrietadas se sumó en los últimos días un nuevo frente de conflicto: el pedido desesperado de los secretarios de escuela para que les aumenten los sueldos.
A través de un escrito, los trabajadores que ocupan cargos jerárquicos en la secretaría de los establecimientos educativos exigieron una recomposición salarial urgente tras advertir que hoy perciben ingresos inferiores a los de un docente de grado. Dejaron en claro que no buscan confrontar con los maestros, sino que su función sea valorada acorde a la responsabilidad que implica.
Los secretarios recordaron que para acceder a sus puestos se requiere una dilatada trayectoria docente, antecedentes, puntaje y rigurosas capacitaciones, configurando una función de alta jerarquía y enorme responsabilidad dentro de las escuelas. "La realidad salarial actual genera una situación contradictoria y, en muchos casos, sentimos un verdadero desánimo", expresaron, a la vez que reclamaron a las organizaciones gremiales que intervengan para lograr un adicional específico que contemple su labor.
Mientras el Gobierno gasta en marketing político y fotos edulcoradas, las escuelas se sostienen por el esfuerzo diario de sus trabajadores, en medio de un ajuste feroz que no da tregua.
Profesores y ordenanzas: el ahogo diario, la persecución y el ninguneo oficial
La asfixia económica no distingue sectores y atraviesa a toda la comunidad educativa. Los profesores están tan golpeados como los maestros de grado, obligados a hacer malabares extremos para sobrevivir: muchos deben dividirse entre dar clases en las aulas y manejar aplicaciones como Uber o Didi, o salir a vender productos por fuera para poder mínimamente llegar a fin de mes.
Ni hablar de aquellos docentes que recién arrancan en la profesión y tienen que pagar un alquiler; para ellos, la ecuación se vuelve lisa y llanamente imposible. A este panorama desesperante se le suma un clima de hostigamiento constante: hay persecución, temor a pensar por uno mismo y un miedo lógico donde todos terminan cuidando sus espaldas.
La misma desidia se vive en el personal de apoyo. Los ordenanzas deben pasar horas eternas en las instituciones cumpliendo una tarea fundamental para el funcionamiento diario, pero que rara vez es reconocida, quedando atrapados en medio del desprecio y el ninguneo sistemático del Gobierno.
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