El cerebro infantil frente a la pantalla: cuando el uso desmedido interfiere el desarrollo
Hay una escena que se repite: un niño inquieto se calma en segundos apenas le dan un celular. Funciona tan bien, y tan rápido, que es tentador convertirlo en costumbre. Ese mismo recurso, si es sistemático y sin límites, puede tener un costo alto para un cerebro que todavía se está construyendo. Por Cristina Chiesa, especialista en Neuropsicología.
El cerebro de un niño pequeño no es una versión reducida del cerebro adulto: es una estructura en plena formación, donde cada día se crean y se podan millones de conexiones neuronales en función de la experiencia. Ese proceso, llamado plasticidad, es lo que permite aprender a hablar, a regular las emociones, a compartir un juguete o a esperar el turno. Y depende, en gran medida, de un tipo de estímulo muy específico: la interacción cara a cara con otra persona —la mirada, el tono de voz, la respuesta emocional en tiempo real (que ninguna pantalla, por más colorida o interactiva que sea, logra replicar).
Cuando el tiempo de pantalla desplaza ese tipo de interacción, no es la tecnología como tal la que "daña" el cerebro, sino la ausencia de aquello que el cerebro infantil necesita para desarrollarse: el ser mirado a los ojos por su mamá o su papá, la conversación que tanto papá, mamá, hermanos, abuelos puedan tener con ese chico, y que posibilita adquirir y desarrollar su lenguaje, el juego compartido con su familia o con sus pares, la exploración del entorno, el contacto físico y afectivo con abrazos y besos con sus seres queridos.
Qué muestra la evidencia
La investigación en este campo creció mucho en los últimos años, aunque (como ocurre con buena parte de los estudios sobre tecnología y desarrollo) la mayoría son correlacionales y todavía es necesario profundizar en las relaciones de causalidad. Aun con esa cautela, los hallazgos apuntan en una dirección consistente:
Atención y funciones ejecutivas. El consumo indiscriminado de pantallas en niños pequeños se asocia con menor control inhibitorio (la capacidad de frenar un impulso) y con menor activación en la corteza prefrontal, la región que regula la atención y la toma de decisiones. En la práctica, sería el ejemplo del nene de tres años que, apenas se le apaga la Tablet o se le retira el celular, hace berrinches o directamente estalla en un llanto desproporcionado, porque no logra tolerar ese corte abrupto de estímulo.
Lenguaje. La exposición temprana y prolongada, especialmente a contenidos que no están diseñados para la infancia, se relaciona con retrasos en el desarrollo del lenguaje, en parte porque reduce el tiempo de intercambio verbal real con adultos de referencia (familia). Se nota mucho en nivel inicial y primeros grados de la escuela primaria con niños que no hablan con fluidez, y en algunos casos no se les entiende lo que intentan decir.
Es la diferencia entre el bebé o el niño que mira dibujos animados en soledad durante horas y el que, mientras come, escucha a la familia nombrar objetos, hacerle preguntas y esperar su respuesta.
Sueño. La luz azul de las pantallas interfiere en la producción de melatonina, dificultando conciliar el sueño y reduciendo su calidad; la privación de sueño en la infancia se asocia, a su vez, con irritabilidad, problemas de conducta y menor atención sostenida. Todo eso impacta directamente, y negativamente, en sus aprendizajes. Es el chico que "necesita" el celular para dormirse pero que se le permite su uso hasta pasadas las 2 o 3 de la madrugada, y que, a la mañana siguiente, se despierta habiendo dormido muy poco, y después se duerme en la clase, o si va en turno tarde, se despierta sobre el mediodía, apenas desayuna o almuerza, y así se va a la escuela.
Conectividad cerebral. Algunos estudios con neuroimágenes describen menor integridad de la sustancia blanca —las "autopistas" que conectan distintas regiones del cerebro— en niños con mayor exposición a pantallas, lo que podría afectar la velocidad de procesamiento de la información. Todo esto impacta negativamente en sus aprendizajes.
Vínculo con el TDAH. El uso prolongado de dispositivos en edades tempranas aparece asociado, en varios trabajos, con mayor riesgo de dificultades atencionales, aunque no puede afirmarse una relación de causa única. Es el ejemplo de la maestra que nota que a ciertos alumnos les cuesta cada vez más sostener una consigna larga sin distraerse, incluso en tareas que antes no representaban un problema.
¿El problema es la pantalla, o lo que reemplaza?
Vale la pena aclarar algo importante: la evidencia no dice que cualquier contacto con una pantalla sea perjudicial. Un uso acotado, acompañado por un adulto, con contenido apropiado y en un contexto de intercambio (comentar lo que se ve, responder preguntas, jugar juntos) es muy distinto a dejar al niño solo frente a una pantalla durante horas como forma de entretenimiento o de calma automática. Conducta que además, y esto es grave, nos releva de nuestras funciones maternas y paternas.
El riesgo mayor es, más que el dispositivo en sí, lo que ese tiempo desplaza: el juego libre en el patio o la plaza, la conversación que permite una adecuada adquisición del lenguaje, el movimiento (el chico tiene que correr, saltar, jugar solo y con otros. ESO es la infancia), y el aburrimiento (sí, también el aburrimiento cumple una función en el desarrollo, porque obliga a la mente a generar sus propios recursos).
Algunas orientaciones generales
Antes de los 2 años: evitar el uso de pantallas, salvo alguna que otra videollamada breve con familiares.
Entre los 2 y los 5 años: limitar el tiempo a menos de una hora diaria, siempre con acompañamiento de un adulto. Y en esto, por favor se los pido: Elijan un contenido adecuado para una criatura.
En edad escolar: priorizar pantallas para actividades educativas o creativas por sobre el consumo pasivo, y mantener horarios sin dispositivos (comidas, antes de dormir).
En todas las edades: cuidar que el tiempo de pantalla no reemplace el sueño, el juego al aire libre ni el tiempo de conversación familiar.
Dar el ejemplo: los niños aprenden por imitación; un adulto que también regula su propio uso del celular transmite un mensaje más eficaz que cualquier norma verbal.
Una mirada final
Cuando se habla del impacto de las pantallas en el cerebro infantil, en realidad no se está proponiendo una cruzada contra la tecnología. Todo esto es para recordar que los primeros años de vida son una ventana de desarrollo que no se repite. Lo que un niño necesita para crecer (vínculo, lenguaje compartido, juego, movimiento) sigue siendo, en gran medida, lo mismo de siempre. La tecnología puede convivir con eso, pero no reemplazarlo. Jamás. La pregunta que como adultos nos tenemos que hacer, respecto de las pantallas, es a qué le está dando lugar y qué le está quitando lugar.
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