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Endeudados

La deuda que también se paga con la salud psíquica y emocional. Por Ivana Bianchi

Por redacción
| Hace 21 horas

La morosidad crece en la Argentina y San Luis aparece entre las provincias más afectadas. Pero detrás de las cifras comienza a revelarse otra deuda, mucho más difícil de contabilizar. Una que no figura en los balances ni en las estadísticas bancarias: la angustia, el miedo, la vergüenza, la incertidumbre y el deterioro emocional de miles de familias que ya no saben cómo llegar al final del mes.

 

 

Un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), elaborado sobre registros de la Central de Deudores del Banco Central, ubica a San Luis con una morosidad total del crédito del 20,1%, la segunda más elevada del país, detrás de La Rioja. Pero hay otro dato todavía más inquietante: el 35,6% de los deudores puntanos se encuentra en situación irregular.

 

 

Es decir, más de uno de cada tres tiene dificultades para cumplir con sus obligaciones financieras. En las billeteras virtuales, la mora llega al 31,2%.

 

 

 

Son porcentajes. Son estadísticas. Pero detrás de cada número hay una persona.

 

Hay una madre haciendo cuentas frente a una mesa. Un jubilado decidiendo qué medicamento comprar. Un trabajador esperando que el sueldo alcance unos días más. Una familia usando la tarjeta para alimentos. Alguien que pide un préstamo para cancelar otro. Personas que silencian el teléfono porque saben que del otro lado puede haber un reclamo de pago.

 

Y entonces la deuda deja de ser exclusivamente económica.

 

 

Se convierte en una deuda emocional.

 

La preocupación permanente por el dinero puede invadir el sueño, las relaciones familiares, el trabajo y hasta la percepción que una persona tiene de sí misma. La evidencia científica ha encontrado una asociación consistente entre las dificultades financieras y un deterioro de la salud mental, particularmente con mayor malestar psicológico y síntomas depresivos. Una revisión sistemática publicada en 2025 encontró esa relación en la enorme mayoría de los análisis estudiados.

 

 

Porque deber no significa solamente no poder pagar.

 

Significa también abrir los ojos por la mañana y comenzar inmediatamente a calcular. Significa dormir mal. Postergar. Renunciar. Explicarles a los hijos por qué algo que ayer era cotidiano hoy se transformó en un lujo. Significa convivir con la sensación de fracaso, aun cuando muchas veces lo que está fallando no es la voluntad de trabajar ni la responsabilidad de las personas, sino la capacidad real de los ingresos para sostener la vida diaria.

 

Y allí aparece una palabra de la que hablamos demasiado poco: dignidad.

 

 

¿Qué pasa con la dignidad de una persona cuando trabaja y, aun así, no alcanza? ¿Qué sucede cuando comprar alimentos, pagar la luz, afrontar un medicamento o simplemente sentarse a tomar un café comienza a requerir cálculos, renuncias o endeudamiento?

 

 

La dignidad no puede ser una palabra reservada para las campañas electorales.

 

No se puede considerar digna a una persona solamente cuando llega el momento de pedirle su voto y olvidarla durante los cuatro años siguientes.

 

 

La dignidad debe ser cotidiana.

 

Dignidad es trabajo.
Dignidad es un salario que guarde una relación razonable con el costo de vivir.
Dignidad es poder atender un problema de salud sin preguntarse primero cuánto costará.
Dignidad es alimentar a los hijos sin endeudarse.
Dignidad es llegar a fin de mes sin sentir que se ha atravesado una carrera de obstáculos.
Y sí: dignidad también es poder sentarse alguna vez a tomar un café sin sentir culpa por haber gastado el dinero que quizá mañana haga falta para otra cosa.

 

 

El problema adquiere todavía mayor dimensión cuando deja de ser excepcional y comienza a extenderse por toda la sociedad. A nivel nacional, el CEPA registró para mayo de 2026 20,9 millones de deudores y 5,8 millones de personas en situación de mora. En las familias, la irregularidad de los créditos bancarios había trepado al 12,3%, después de diecinueve meses consecutivos de aumento.

 

Cuando millones de personas comienzan a tener dificultades para pagar al mismo tiempo, ya no alcanza con analizar cada historia como un fracaso individual.

 

 

Hay un problema social.

 

Y frente a un problema social, la indiferencia también constituye una respuesta política.

 

Un gobierno —nacional, provincial o municipal, según las responsabilidades que le correspondan— no debería mirar estas cifras como quien observa una planilla contable. Detrás de ellas existe sufrimiento humano. Se necesitan políticas que recuperen ingresos, trabajo, acceso razonable al crédito, prevención del sobreendeudamiento y acompañamiento para quienes quedaron atrapados en una espiral de obligaciones que ya no pueden afrontar.

 

Porque hay algo mucho más grave que deber dinero: sentir que se ha perdido el control de la propia vida.

 

Tal vez por eso esta discusión no debería comenzar preguntando solamente cuánto deben los argentinos.

 

Deberíamos preguntarnos por qué tuvieron que endeudarse, para qué se endeudaron y qué les está pasando mientras intentan pagar.

 

Porque cuando una sociedad obliga a sus familias a financiar con deuda lo esencial, el problema ya no está solamente en sus bolsillos.

 

 

Está en sus casas.
En sus vínculos.
En sus noches sin dormir.
En su salud emocional.
Y, lentamente, también en su esperanza.

 

 

Una deuda puede refinanciarse. Una cuota puede postergarse. Un número puede desaparecer algún día de una pantalla. Pero recuperar la tranquilidad, la autoestima y la esperanza de una persona puede llevar mucho más tiempo.

 

 

Por eso, detrás de cada moroso no deberíamos apresurarnos a ver a alguien que incumple. Deberíamos intentar ver a una persona que quizá está haciendo todo lo posible para sobrevivir.

 

 

Porque nadie debería tener que elegir entre pagar una deuda y vivir con dignidad. Y ningún pueblo debería acostumbrarse a que su gente pague con angustia, miedo y salud emocional el precio de simplemente intentar llegar a fin de mes.

 

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