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La gran mentira del encierro

Pedir más refugios parece un acto de humanidad, pero es la muestra del fracaso de la prevención. ¿Por qué el sistema de caniles es un ciclo de gasto público y crueldad que no soluciona el abandono?. La triste historia de Peluche. Por Facundo Valle.

Por redacción
| Hace 7 horas

Durante mis años trabajando en refugios, conocí a muchos "invisibles", pero uno me marcó a fuego. Cuando conocí a Peluche, ya era un perro viejo. Era un mestizo alto, rubio, de patas largas y mirada cansada, que cargaba con una condena invisible: estaba "judicializado". Su "delito" nunca quedó claro —una presunta mordedura a un niño que nunca terminó de probarse—, pero su condena sí: pasó diez años de su vida encerrado en un canil de zoonosis de apenas 1 metro por 3. Una década sin más contacto que el de un limpiador ocasional que pasaba la manguera por el cemento frío. Diez años esperando una resolución judicial que nunca llegó, mientras el mundo seguía girando afuera y su cuerpo envejecía entre rejas. Sin familia, sin pasto, sin sol. Una sentencia de muerte en cámara lenta porque el sistema decidió que su vida valía menos que un expediente.

 

 

Este caso, que parece una excepción, es el resultado lógico de un modelo que prefiere esconder el problema antes que gestionarlo. Y al que muchos ciudadanos, con buena intención pero nula visión estratégica, siguen pidiendo a gritos en las redes: "¡Que el municipio abra más refugios!".

 

 

Pedir más refugios es caer en una trampa. Creer que la solución a la sobrepoblación y al abandono es construir más paredes es, sencillamente, alimentar el síntoma e ignorar la enfermedad. El encierro no resuelve el problema; lo agrava. Mientras se destinan recursos públicos (nuestros impuestos) a sacarnos de la vista a unos pocos individuos, en las calles los nacimientos se cuentan por miles.

 

 

Mantener a un animal en un refugio es hasta diez veces más costoso que realizar una cirugía de castración. Un canil lleno no es un logro; es el monumento al fracaso de la prevención.

 

 

Existe una ley biológica que los estados municipales ignoran: el Efecto Vacío. La naturaleza no admite nichos vacíos; si se elimina un animal de la calle pero no se frena la tasa de natalidad, ese espacio será ocupado rápidamente por nuevos individuos fértiles. La reproducción es una constante que siempre le gana la carrera a los operativos de "limpieza" urbana.

 

 

Si ese animal es castrado a tiempo, el beneficio es sistémico. No solo mejoramos su calidad de vida, sino que bloqueamos la descendencia indeseada de forma permanente y económica. Abrir refugios sin frenar los nacimientos es como intentar secar el piso sin cerrar la canilla: un ciclo infinito de maltrato y desperdicio de dinero estatal. La castración masiva es la única herramienta que permite que la sobrepoblación disminuya de manera real y económica.

 

 

Ninguna inundación se soluciona sacando agua con baldes. La política pública se construye con acciones eficientes, no con parches crueles. Gestionar es prevenir, no reaccionar para que el vecino no vea al perro en la plaza.

 

 

Peluche tuvo una última oportunidad. Aquel perro que pasó diez años en una caja de cemento tuvo un final distinto. Logramos sacarlo de su celda judicial  y llevarlo al refugio cuando ya era un anciano. No le devolvimos los años perdidos, pero le dimos sus últimos días en libertad. Allí, por primera vez en diez años, Peluche dejó de ser un número de expediente para volver a ser un perro. Pasó sus últimos días en libertad, caminando sobre tierra y durmiendo al sol junto a su nueva manada. Peluche se fue tranquilo, querido, y sabiendo que el mundo era algo más que un metro por tres de cemento.

 

 

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